Capítulo 184
Las visitas a la villa Castro siempre habían sido especiales para Irene. María Jesús la recibía con ese cariño maternal que hacía que las paredes de la casa parecieran más cálidas. La mujer tenía ese don para hacer reír a todos, especialmente cuando bromeaba sobre Irene y Romeo.
Antes, esas bromas teñían las mejillas de Irene de un rojo intenso mientras su corazón saltaba de alegría. Ahora, cada comentario era como sal sobre una herida abierta, y su rostro se endurecía involuntariamente, tratando de contener el dolor.
“Mira cómo se sonroja la señora“, solían decir María Jesús y los demás empleados. Para ellos, todo se reducía a una historia simple: la señora que solo tenía ojos para su esposo, que vivía pendiente de cada uno de sus movimientos. Nadie mencionaba la frialdad de Romeo, ni cuestionaba su trato hacia ella. ¿Por qué lo harían? Si hasta la misma Irene había fingido disfrutarlo durante tanto tiempo.
María Jesús agitó la mano frente al rostro perdido de Irene.
-¿Señora? ¿Por qué tan callada?
-¿Mande? -Irene parpadeó, regresando al presente.
María Jesús soltó una risita traviesa, cubriéndose la boca con la mano.
-Nomás menciono al señor y se queda como quinceañera enamorada. Ándele, cuénteme, ¿qué es lo que más le gusta de él?
Las palabras salieron de la boca de Irene como un guion aprendido de memoria.
-Es guapo, tiene buen porte… aunque no tuviera ni dinero ni poder, es de esos hombres que te
roban el aliento.
Apenas terminó de hablar, notó en el reflejo de la ventana de la cocina una silueta masculina que le heló la sangre. Al girarse, confirmó sus sospechas: Romeo había bajado sin hacer ruido. Él permanecía de pie, con las manos en los bolsillos y una sonrisa satisfecha. Para él, todo encajaba perfectamente: los dramas de Irene sobre el divorcio, su cercanía con David… todo era un elaborado teatro para llamar su atención. Casi se había dejado engañar por su
actuación.
-Señor, ¿por qué se anda escabullendo así? Ya hizo que la señora se apene -bromeó María
Jesús.
Irene desvió la mirada. Sabía que ese tipo de comentarios no molestaban a Romeo, así que no tenía caso explicarse. Sin embargo, una rabia sorda crecía en su interior: contra la satisfacción de Romeo, contra las bromas incesantes de María Jesús, contra su propia debilidad.
Romeo ajustó su saco con un movimiento elegante.
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Capitulo 184
-Tengo que pasar a la empresa por unos pendientes. No me esperen.
Irene volvió a mirarlo, notando que efectivamente iba vestido para salir. No era una excusa improvisada.
-¡Pero señor, ya casi está la comida! -María Jesús aceleró sus movimientos en la cocina-. En media hora lo tengo todo listo.
-No hace falta.
El sonido de sus pasos se alejó, seguido por el rugido del motor de su Mercedes que se perdía
en la distancia.
María Jesús exhaló con preocupación.
-A estas horas seguro que el señor ya no regresa. Seguir así no es bueno, por más fuerte que
uno sea.
-Yo se lo llevo a la oficina.
Las palabras salieron de la boca de Irene antes de que pudiera procesarlas. Su mente era un campo de batalla: una parte le gritaba que dejara de preocuparse por Romeo, mientras la otra buscaba desesperadamente excusas para seguir cuidándolo.
“Si él está contento, mi vida será más fácil“, se repetía. “Tendré más dinero, más comodidades“. Pero bajo esas justificaciones, palpitaban los sentimientos que tanto se había esforzado en
enterrar.
Mientras su debate interno continuaba, María Jesús terminó de cocinar y empacó todo
cuidadosamente.
-Tenga, señora. Le puse para los dos. Váyase con cuidado.
Con el termo entre las manos, Irene se sintió atrapada en su propia oferta. Se dirigió a Alquimia Visual mientras la ciudad se sumergía en el sosiego vespertino, con solo las luces de los rascacielos desafiando la oscuridad naciente.
No había dado dos pasos desde su auto cuando el Mercedes de Romeo emergió del estacionamiento subterráneo. La luz interior del vehículo revelaba su perfil aristocrático, sonriente, mientras escuchaba algo que Inés le decía.
A través del cristal polarizado, la mirada triunfante de Inés se encontró con los ojos de Irene, y el termo en sus manos pareció volverse repentinamente más pesado.
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