Capítulo 18
Yolanda insistió un rato más, pero al ver que Irene permanecía en silencio, retiró los objetos de la mesa con un suspiro de frustración.
-Voy a contactar a un médico de confianza para que te revise. ¡Es importante que vayas!
Irene se removió incómoda en su asiento, evitando la mirada penetrante de Yolanda.
-Ya veré si encuentro tiempo -murmuró, jugando distraídamente con el borde de su blusa.
Yolanda apretó los labios y sostuvo los objetos contra su pecho, negándose a devolverlos hasta que Irene cediera.
Irene exhaló con resignación.
-Está bien, está bien. Avísame cuando tengas la cita. Ya me voy.
Daniel, captando la tensión en el ambiente, se apresuró a tomar su chaqueta y salió tras ella. Al llegar al estacionamiento, frunció el ceño al notar la ausencia del auto de Irene. El patio, normalmente ocupado por varios vehículos, lucía inusualmente vacío, con solo su superdeportivo negro brillando bajo el sol de la tarde.
-Oye, ¿no trajiste tu coche? -preguntó mientras observaba a Irene dirigirse al asiento del copiloto.
Ella abrió la puerta y se deslizó dentro del vehículo, su rostro una máscara de aparente tranquilidad.
-No lo traje. Déjame en cualquier parada de autobús que te quede de paso.
Daniel arrancó el coche y salió del complejo Llorente, incorporándose al tráfico citadino. De vez en cuando, lanzaba miradas discretas a su hermana.
-Oye… ¿pasó algo? -aventuró después de un momento de silencio.
-¿Por qué lo preguntas? -respondió Irene con fingida indiferencia, aunque sus dedos se tensaron sobre su regazo-. ¿Qué podría pasarme?
Daniel tamborileó los dedos sobre el volante, manteniendo su característico aire despreocupado mientras sus ojos reflejaban preocupación.
-Normalmente aguantas el sermón de mamá, te defiendes un poco y al final haces lo que ella quiere. Pero hoy… hoy prácticamente huiste. Eso solo pasa cuando algo te está molestando de
verdad.
Irene sintió que el aire dentro del coche se volvía más denso. El espacio reducido del vehículo, que antes le parecía lujoso y cómodo, ahora se sentía como una trampa. Las palabras de Daniel la habían tomado por sorpresa, dejándola sin respuesta.
Daniel se rascó la cabeza, un gesto nervioso que conservaba desde la infancia.
-No soy bueno para estas cosas emotivas y no sé exactamente qué te está pasando. Pero quiero que sepas que hay mucho más en la vida que solo… bueno, que solo el matrimonio.
El significado oculto en las palabras de su hermano golpeó a Irene con fuerza. Era cierto: toda su energía, sus pensamientos, su vida entera giraban en torno a Romeo. Si estaba de mal humor, inevitablemente tenía que ver con él.
-Dani, no sabía que eras tan filosófico–intentó desviar la conversación con una sonrisa tensa-. ¿Ya decidiste qué vas a hacer con tu vida?
Daniel se animó visiblemente ante el cambio de tema.
-Papá insiste en que me una a la empresa, pero no es lo mío. Estoy desarrollando un videojuego con unos amigos -sus ojos brillaron con el mismo entusiasmo que Irene recordaba de su juventud-. No creas que es cosa de juego, la industria es super rentable. Cuando despegue el proyecto, te voy a apoyar. No tienes por qué aguantar a Romeo ni renunciar a tus sueños por él…
La pasión en la voz de Daniel despertó viejos recuerdos. En la familia Llorente, donde los hombres siempre fueron la prioridad, Daniel había sido su único aliado verdadero. Cuando eran pequeños y su padre regresaba de viaje con dulces solo para Daniel, su hermano no entendía del todo la situación. Pero al crecer, comenzó a preguntarle en secreto qué golosinas le gustaban, para luego pedírselas a su padre.
Las palabras de Daniel dispersaron la pesadez que Yolanda había dejado en su ánimo, y una sonrisa genuina comenzó a dibujarse en sus labios.
Al llegar cerca del apartamento de Natalia, Irene descendió del vehículo con las dos cajas de regalo. Esperó a que el auto de Daniel desapareciera en la distancia antes de dirigirse hacia el edificio.
Justo cuando alcanzaba el portón del complejo, su celular vibró en el bolso. Al ver la pantalla, notó que la llamada provenía de la villa Castro.
-¡Señorita, es una emergencia! ¡La villa está en llamas y la abuela…! -la voz angustiada de una de las empleadas retumbó en sus oídos.
Las manos de Irene se crisparon alrededor de las cajas de regalo.
-¿Qué? ¿No se suponía que la abuela estaba en el monte? -su voz tembló ligeramente.
-¡Por favor, no pregunte más! ¡Contacte al señor y venga rápido!
La abuela en cuestión era Milagros Castro, la matriarca de la familia. Irene colgó la llamada con dedos temblorosos y, mientras hacía señas frenéticas a un taxi, marcó el número de
Romeo.