Capítulo 165
La risa de Irene, esa que nacía desde lo más profundo de su corazón, se había convertido en un eco lejano para Romeo. No recordaba la última vez que la había escuchado reír así frente a él.
Desde su regreso, el rostro de Irene permanecía impasible, como una máscara cuidadosamente tallada para ocultar sus verdaderas emociones. Durante sus dos años de matrimonio, Romeo había visto sonrisas en su rostro, pero todas ellas habían sido calculadas, estudiadas, como si fueran parte de una actuación meticulosamente ensayada para complacerlo.
El contraste entre los dos espacios que compartían era abismal. Dentro del coche y en la casa parecían existir en dimensiones paralelas, cada uno habitando su propia burbuja de silencio.
Irene contempló el mensaje de David en su celular. Sus dedos se movieron con cautela sobre la pantalla, componiendo una respuesta. La palabra “gracias” se había convertido en su refugio seguro, su escudo contra la vulnerabilidad de expresar algo más profundo. Cada mensaje le tomaba una eternidad, como si pesara el valor y el riesgo de cada palabra adicional.
-Seguiré adelante hasta el final -susurró para sí misma mientras tecleaba-. David, tú también tienes que esforzarte.
La situación de David no era sencilla. Su pasión por el diseño competía constantemente con las responsabilidades que los negocios de la familia Aranda demandaban de él. Equilibrar ambos mundos, perseguir sus sueños sin descuidar el legado familiar, era una batalla diaria que Irene comprendía demasiado bien.
Después de enviar el mensaje, guardó el celular en su bolsillo y descendió del auto. La luz plateada de la luna acariciaba su silueta mientras avanzaba hacia la casa, cada paso erosionando gradualmente la sonrisa que había mantenido. Para cuando cruzó el umbral de la villa, su rostro había recuperado esa expresión de hastío que parecía haberse convertido en su segunda piel.
En el vestíbulo, la figura de Romeo se recortaba contra la ventana, una silueta envuelta en volutas de humo de cigarrillo.
Los hombros de Irene se tensaron imperceptiblemente.
-Lo siento, volví tarde.
El comentario flotó en el aire como una disculpa vacía. María Jesús, quien normalmente no trabajaba los fines de semana, había venido el sábado a cocinar debido a la ausencia de Milagros. Hoy domingo, con María Jesús ausente, Irene apenas regresaba, sin haber preparado la cena.
Romeo dio una profunda calada a su cigarrillo. El humo danzaba frente a su rostro, velando parcialmente sus facciones pero sin poder ocultar esa aura intimidante que’emanaba de él como una corriente eléctrica.
Irene intentó escabullirse hacia la cocina, pero la mirada de Romeo la congeló en su lugar. Sus
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ojos, fríos como el acero, y su mandíbula tensa revelaban una tormenta contenida. “¿Será porque rechacé cenar con él hoy?“, se preguntó Irene, aunque en el fondo sabía que Romeo no se alteraría por algo tan trivial.
Sus miradas se encontraron en el espacio entre ellos, chocando como dos corrientes opuestas y electrificando el aire con una tensión casi palpable.
Romeo fue el primero en moverse. Con un movimiento fluido, apartó el cigarrillo con una mano. mientras con la otra la sujetaba por el cuello, sus dedos presionando con una delicadeza amenazante sobre su piel.
-¿A dónde fuiste, señora Castro?
Cada sílaba salió entre sus dientes como un siseo contenido. La piel delicada del cuello de Irene se tornó rojiza bajo su agarre.
-Tenía cosas que hacer, salí -respondió ella, luchando por mantener firme su voz.
Los labios de Romeo se curvaron en una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
-¿Qué cosas?
-Fui a una exposición de diseño.
Irene colocó instintivamente sus manos sobre el pecho de Romeo, intentando crear distancia. A través de la fina tela de su camisa, podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, ardiente e inquietantemente familiar. Su dedo meñique rozó accidentalmente la tela, y el fuerte latido del corazón de Romeo provocó que el suyo propio se acelerara en respuesta.
Romeo giró el rostro para dar otra calada al cigarrillo, su perfil recortándose contra la luz nocturna, sus cejas fruncidas en un gesto que Irene conocía demasiado bien. A pesar de todo, no podía evitar que su belleza la afectara, como una herida que se negaba a cicatrizar, erosionando lentamente su determinación.
-¿Y cómo estuvo? -preguntó él, su voz cargada de un sarcasmo apenas contenido.
Irene sintió su garganta cerrarse, como si estuviera llena de algodón. La tensión en el rostro de Romeo le advertía que cualquier respuesta sería incorrecta, pero el silencio tampoco era una opción.
-¿Qué pasa? ¿No me vas a contestar? -Sus palabras cortaron el aire-. Si ya andas tomando proyectos por tu cuenta, si hasta puedes diseñar villas en Valle Aureo… ¿no me digas que no entendiste nada de la exposición? Entonces, ¿a qué fuiste?
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