Capítulo 148
No satisfecha con la herida que acababa de infligir, Inés se inclinó hacia adelante con una sonrisa dulcemente venenosa.
-No te lo tomes tan a pecho, Llorente. A veces hay que ver las cosas desde otro ángulo.
El rostro de Lisa enrojeció, súbitamente consciente de su indiscreción anterior.
Irene avanzó con pasos deliberadamente lentos y jaló una silla. El aroma a tabaco que Romeo había dejado atrás flotaba en el aire como un fantasma persistente, recordándole su presencial incluso en su ausencia.
“Mi ‘adorado‘ esposo…“, pensó con amargura. “Tan ejemplar con sus amantes y su violencia silenciosa. Todo un dechado de virtudes.”
Inés arqueó una ceja, esperando que Irene continuara, pero ella mantuvo un silencio calculado.
Lisa, ajena a la tensión que vibraba en el aire, abrió los ojos con genuina sorpresa.
-¡No puede ser! ¿Tu esposo es así? ¡Qué diferencia con el novio de Inés!
Irene se giró hacia Lisa con una sonrisa cargada de ironía.
-Ay, Lisa, así no son las cosas. Los esposos se comparan con esposos, y los novios con novios. Cuando la señorita Núñez logre que el presidente Castro le ponga el anillo, entonces sí me rindo.
El recuerdo de la negativa de Romeo a concederle el divorcio de inmediato atravesó su mente como una daga. Ya fuera porque buscaba la manera de hacerlo sin escándalo o porque planeaba mantenerla como una fachada conveniente, una cosa era clara: las puertas de la familia Castro estaban selladas para Inés.
“Claro“, reflexionó con amargura, “si no fuera por ese matrimonio arreglado, yo tampoco habría sido suficiente para el gran Romeo Castro.”
El rostro de Inés permaneció impasible, pero bajo la mesa, sus uñas se clavaron en sus palmas hasta dejar marcas rojizas.
-No digas tonterías.
Lisa le lanzó una mirada de advertencia a Irene antes de intentar desviar la conversación con
una sonrisa forzada.
-Mejor hablemos del diseño, ¿no?
Inés enderezó su postura, adoptando un aire de autoridad.
-Lisa, ve a la recepción a hacer el pedido. Necesito intercambiar algunas palabras con Llorente.
Lisa, percibiendo la electricidad en el ambiente, se apresuró a salir.
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Capítulo 148
Irene cruzó las piernas con estudiada elegancia y apoyó los pies en la pata de la mesa, su rostro una máscara de serenidad.
-Mira, Inés, que Romeo te trate como su tesoro más preciado me tiene sin cuidado. Hagan lo que quieran, pero te sugiero que finjas que no existo.
-Créeme que me encantaría hacer como que no existes. -Inés se inclinó hacia adelante, sus ojos destilando veneno-. Pero cada vez que los veo juntos, siento que me arrancan el corazón. Romeo me adora tanto que no soporta verme sufrir… hasta me sugirió que me desquitara contigo…
-¿Su saco de boxeo personal? -Irene dejó escapar una risa seca-. Te ha hecho sufrir por dos años y apenas ahora te da permiso de desquitarte conmigo. ¡Vaya forma de demostrar amor!
-¡Tú…! -El rostro de Inés se contorsionó de rabia.
-Y otra cosa -continuó Irene, cortando su protesta-. Con todo su poder, bien podría haberse casado contigo contra viento y marea. Los Castro no podrían detenerlo. Pero, ¿por qué no lo ha hecho? Simple: porque casarse con su amante mancharía el prestigio de la familia Castro y afectaría los negocios. Para él, tú vales menos que el dinero.
La verdad, cruda y sin adornos, flotó en el aire como un veneno.
“No sé si Romeo realmente te ama“, pensó Irene, “pero estoy segura de que a mí no me ama en absoluto.”
Inés se enderezó en su silla, el brillo en sus ojos revelando que no tenía intención de mostrar clemencia. La frustración acumulada por Romeo encontraría su escape, sin importar que nadie saliera victorioso de esta batalla..
-¿Así que solo valgo menos que el dinero? -Sus labios se curvaron en una sonrisa cruel-. ¿Y tú cuánto vales para él?
Con un movimiento fluido, Inés extrajo una tarjeta de su bolso y la colocó sobre la mesa con un golpe seco.
Jueza del concurso Design Space: Inés.
La mirada de Irene se clavó en la tarjeta mientras su expresión se endurecía. Podía soportar el dolor que Romeo le infligía, pero si Inés pretendía destruir su futuro… eso era cruzar una línea que no estaba dispuesta a tolerar.
-¿Sabes? Romeo patrocinó este concurso con una cantidad absurda de dinero,
específicamente por mí. -Los dedos de Inés tamborileaban sobre la tarjeta con deleite cruel-. Me dijo que me divirtiera, que hiciera lo que se me antojara.
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