Capítulo 143
El sol se ocultaba tras los edificios cuando Irene dio los últimos toques a los planos de Valle Aureo en su computadora. Sus ojos, cansados después de horas de trabajo meticuloso,
recorrieron cada detalle una última vez antes de enviarlos al correo de Inés. Una sonrisa tenue se dibujó en sus labios mientras presionaba “enviar” – cada proyecto terminado era un paso más hacia su independencia.
La oscuridad comenzaba a devorar la casa. Las luces de la calle se encendieron una a una,
como estrellas artificiales, mientras el interior permanecía en penumbras. El silencio se volvía casi tangible.
Se levantó de la silla y estiró su cuerpo entumecido. Sus músculos protestaron después de tantas horas frente a la computadora. Sin pensarlo demasiado, sus pies la llevaron hacia la cocina, donde María Jesús preparaba la cena.
Había pasado casi medio mes desde que regresó al trabajo. Las tardes cocinando y el aroma constante a especias parecían pertenecer a otra vida, a otra Irene. Una parte de ella extrañaba esa rutina, la simplicidad de medir ingredientes y controlar temperaturas. Era más sencillo que medir sus propias palabras y controlar sus emociones.
María Jesús la observó con una mezcla de cariño y preocupación mientras cortaba verduras.
-Señora, he visto cómo el señor disfruta su sazón. Debería escribir sus recetas cuando pueda. Así podría intentarlas en mis ratos libres, para no terminar haciéndole algo que no le guste. Con tanto trabajo, no puede descuidar su alimentación.
La experiencia de María Jesús no mentía. Aquel pescado que estuvo a punto de tirar por quemado se convirtió en el plato favorito de Romeo bajo la guía de Irene. En cambio, los platillos que ella preparaba con tanto esmero siempre quedaban casi intactos en el plato.
Irene manipulaba con destreza un trozo de lomo, sus movimientos precisos y seguros.
-Los fines de semana que tengamos libre podríamos preparar la cena juntas. Ya sabes lo especial que es con la comida. Un día de estos te anoto sus manías.
Pero ambas sabían que no bastaba con decirlo. Los gustos de Romeo eran un laberinto de contradicciones. Le encantaba el cilantro, adoraba el jengibre, pero jamás los toleraba juntos en un mismo platillo. Los pepinos solo los aceptaba crudos en ensalada, nunca cocinados.
-Señora, cómo se preocupa por el señor -María Jesús sonrió con picardía mientras señalaba el refrigerador-. Ya estoy vieja y se me olvidan las cosas. El día que las escriba, las pegamos aquí… ¡Así nomás checo la lista antes de empezar!
“¿Preocuparme?” Irene sintió un nudo en la garganta. Cada una de las preferencias de Romeo las había descubierto durante dos años de meticulosa observación, como quien estudia a un depredador para sobrevivir. Había notado patrones que ni el mismo Romeo reconocía en sí
mismo.
Durante su primer año de matrimonio, preparó un menú diferente cada día durante un mes
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entero. Anotó meticulosamente cada reacción: qué platos devoraba, cuáles apenas probaba, qué combinaciones rechazaba. Como una científica catalogando especímenes, fue construyendo un mapa de sus gustos.
Alzó la vista hacia el techo, luchando contra las lágrimas que amenazaban con traicionarla. Con un movimiento rápido, volvió su atención al aceite que comenzaba a humear.
El reloj marcaba las siete cuando la puerta principal se abrió. Romeo entró con paso cansado, su figura proyectando una sombra alargada en el pasillo. Dejó su maletín y abrigo en el perchero antes de dirigirse a la sala.
Al pasar frente al comedor, la imagen en la cocina lo detuvo. Irene llevaba un delantal sobre un conjunto de algodón gris claro que resaltaba la luminosidad de su piel. Su cabello recogido en una coleta baja dejaba al descubierto la delicada línea de su cuello. La luz de la cocina la envolvía en un halo dorado, mientras el vapor de la cocina danzaba a su alrededor como una
neblina matutina.
-¿Ya llegó, señor? -María Jesús sonrió mientras colocaba un plato en la mesa—. La señora es bien trabajadora, ¡qué suerte tiene usted!
Una expresión de satisfacción, poco común en su rostro habitualmente serio, suavizó las facciones de Romeo.
-Así es.
Siempre había considerado a Irene una esposa modelo, dedicada por completo a su bienestar. Aunque ella, pensaba él, no siempre parecía consciente de su propia fortuna. Pero esta noche, al verla cocinar voluntariamente, interpretó que finalmente reconocía sus errores recientes.
-La señora también es afortunada, hacen una pareja perfecta agregó María Jesús antes de regresar a la cocina.
Romeo observó a Irene trabajar, sintiendo cómo algo cálido se expandía en su pecho. Se ajustó la corbata y subió a ducharse, regresando minutos después con ropa más cómoda.
La mesa estaba servida: cuatro platillos humeantes y una sopa aromática. Irene colocó el último recipiente justo cuando él se sentaba.
-¿Qué tal el coche nuevo? -Romeo notó las manchas de barro en las llantas, evidencia de
Irene lo había estado usando.
-Bien–respondió ella mientras tomaba asiento frente a él-. No hay nada a lo que no me pueda acostumbrar.
que
El silencio se instaló entre ellos mientras comían. Romeo se sentía cada vez más complacido, convencido de que la vida volvía a su cauce normal y ella recuperaba su docilidad.
Esa noche, Irene lavó la ropa de Romeo a mano, cada prenda con meticuloso cuidado. Como siempre había hecho, después de secarla y plancharla, la acomodó en el lugar más visible del vestidor. Cada traje con su corbata a juego, facilitándole la elección matutina.
Mientras sus manos realizaban estos movimientos familiares, su mente trabajaba en otros
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planes, en otros diseños más complejos que los de Valle Aureo. Porque a veces, reflexionó, la mejor manera de conseguir la libertad era fingir que se aceptaban las cadenas.
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