Capítulo 137
Milagros continuó lanzando indirectas, pero Romeo permaneció impasible, su rostro una máscara de indiferencia.
-Ya ni te pido que me des nietos -suspiró Milagros con dramatismo-. Más fácil sería pedirle otro hijo a tu padre.
Romeo se limitó a tensar la mandíbula.
Durante el almuerzo, Irene comía sin levantar la vista de su plato, aunque podía sentir la mirada de Romeo posándose sobre ella como una caricia amenazante. No sabía qué le habría dicho Milagros, pero esos ojos oscuros la hacían sentir inexplicablemente culpable.
Tras forzarse a terminar cada bocado, acompañó a Milagros a su habitación para que descansara. Al subir a su dormitorio, se detuvo en seco. Romeo estaba ahí, cuando ella pensaba que ya se habría marchado a la oficina.
La luz del mediodía se filtraba por la ventana, envolviendo su camisa blanca en un halo luminoso que le daba un aire engañosamente cálido y relajado. Irene se quedó paralizada con la mano en el picaporte, su reflejo diminuto en aquellos ojos claros que tanto la perturbaban.
-Pasa.
Su voz sonaba áspera, como arena rozando terciopelo, cargada de un magnetismo que le erizó la piel.
Cerró la puerta tras de sí y se acercó con cautela. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el dobladillo de su ropa. No quería que algún comentario de Milagros hubiera provocado más malentendidos de los que ya existían entre ellos.
Se detuvo frente a él, conteniendo la respiración cuando Romeo alzó su rostro con la punta de los dedos. La estudiaba como quien examina una joya: admirando su inocencia aparente, su obediencia superficial, pero detectando ese espíritu rebelde que tanto lo desafiaba.
Se inclinó hacia ella hasta que sus labios rozaron su mejilla. Su aliento cálido le provocó un escalofrío cuando susurró:
-No intentes hacer nada a mis espaldas. Lo que necesites, yo te lo daré. ¿Te queda claro?
Los ojos claros de Irene encontraron los suyos, pero tuvo que parpadear ante la frialdad que encontró en ellos. No entendía qué nueva locura se le había metido en la cabeza ahora. Lo único que deseaba era que cada uno siguiera su camino.
-De acuerdo.
-Ahora cámbiate. Vamos a comprarte un auto.
Romeo la soltó y comenzó a arreglarse la camisa y los puños con movimientos precisos.
-¿En serio vas a ir?
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12:27
La sorpresa en su voz era genuina. Había estado investigando diferentes modelos en línea, planeando consultarle sus preferencias en algún momento.
La mirada profunda de Romeo la atravesó.
-Lo prometido es deuda.
Un temblor interno la sacudió ante la intensidad de sus palabras.
-No hace falta que me cambie, así estoy bien.
Él la recorrió de arriba abajo con una mirada evaluadora antes de salir de la habitación sin decir palabra. Irene lo siguió, manteniendo una distancia prudente.
Ya en el auto, el espacio reducido amplificaba cada detalle: las piernas perfectamente formadas de Romeo ligeramente flexionadas, sus manos de dedos largos y venas marcadas descansando sobre el volante. Por más que intentaba ignorar su presencia, el aroma a almizcle que emanaba de su piel invadía cada rincón.
En un semáforo en rojo, Romeo giró levemente la cabeza. Irene desvió la mirada rápidamente, fingiendo interés en algo indefinido a través de la ventana. Sabía que Romeo no la amaba, pero no podía evitar mirarlo a escondidas. Para su alivio, él solo estaba verificando el espejo retrovisor.
Fue entonces cuando lo vio: un destello rojo entre los asientos que capturó su atención. Sus dedos pequeños lo alcanzaron casi sin pensarlo. Era un lápiz labial de marca reconocida, y ese tono… el mismo que había visto en los labios de Inés la primera vez que la conoció.
Una sensación de ahogo la invadió y tuvo que tomar una bocanada de aire involuntaria.
Romeo la observó de reojo, frunciendo el ceño.
-¿Qué te pasa? -su voz sonaba irritada, como si no comprendiera por qué un simple lápiz labial podía afectarla tanto.
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