Capítulo 116
La tela del vestido se adhería suavemente a la silueta de Irene, delineando una figura que cualquier mujer envidiaría. Romeo la observó con detenimiento, descubriendo por primera vez una belleza diferente en ella: distante e inalcanzable, como una estatua de mármol que alguna vez creyó poseer.
El sonido del secador de cabello cesó en el piso superior. Cuando Romeo bajó al comedor, Irene ya había dispuesto la mesa. Los cubiertos de María Jesús estaban perfectamente alineados, como siempre. Ella aguardó, inmóvil, hasta que Romeo tomó asiento.
La quietud se extendía como una niebla densa sobre la mesa. Romeo detestaba las conversaciones durante las comidas, e Irene, fiel a su costumbre, mantenía su mirada fija en el plato, moviendo el tenedor sin verdadero interés por los alimentos. El silencio pesaba entre ellos, cargado de palabras no dichas.
Romeo abrió la boca, a punto de romper esa barrera invisible, cuando el timbre estridente del celular cortó el aire. En la pantalla brillaba el nombre de Begoña Sáenz.
Sus cubiertos tintinearon contra la porcelana al dejarlos sobre la mesa.
-¿Ya viste el desastre que están haciendo en internet? -la voz de su madre sonaba tensa.
Romeo había estado sumergido en el trabajo toda la tarde, ajeno a cualquier noticia. Sin embargo, podía imaginarlo.
-Son los accionistas buscando hacer ruido -respondió, masajeándose las sienes.
-Me importa un comino qué están haciendo. ¡Quiero que relaciones públicas lo resuelva ya! -Begoña cortó la llamada sin esperar respuesta.
Con dedos tensos, Romeo desbloqueó su celular. Las noticias se habían propagado como un virus, infectando cada portal importante. Dos horas, y el departamento de relaciones públicas seguía sin contener la situación. La furia oscureció su mirada mientras se levantaba bruscamente, dirigiéndose al balcón.
Marcó el número de Inés. La respuesta fue inmediata.
-¡Romeo! -su voz dulzona atravesó la línea.
-¿Por qué siguen circulando las noticias de la empresa?
El tono cortante de Romeo heló la sonrisa en los labios de Inés. La realidad era que ella había decidido no intervenir, dejando que la situación se desenvolviera. ¿Y por qué no? Irene había prometido el divorcio, pero seguía allí, aferrada a su matrimonio. Con suerte, estas noticias provocarían otra pelea entre ellos.
-Relaciones públicas está en ello -respondió, manteniendo su voz profesional a pesar del veneno en sus pensamientos-. Rodrigo está manipulando a los medios intencionalmente. Es complicado, pero lo resolveré pronto.
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-Tienes diez minutos -la interrumpió Romeo-. Ni un segundo más.
-Pero yo… -el tono de línea ocupada ahogó sus palabras.
La máscara de refinamiento de Inés se agrietó. Sus ojos se clavaron en la pintura de los anillos que adornaba la entrada, esa que Romeo tanto admiraba. La furia explotó en su interior. La taza de café en su mano voló por los aires, estrellándose contra el lienzo. La porcelana se fragmentó en mil pedazos, y el líquido oscuro manchó la obra de arte como una herida
sangrante.
El arrebato la sorprendió. Ella, siempre tan controlada, tan perfecta. Pero últimamente la paciencia se le escurría entre los dedos como agua. Quizás era la esperanza. Los nuevos tratamientos para Carmen prometían tanto… Si Carmen mejoraba, Romeo ya no tendría que dedicarle tiempo extra a Irene…
La cordura regresó lentamente, como la marea. Una sonrisa cruel curvó sus labios. Mientras ella viviera en esa casa, sería una espina constante en el corazón de Irene. ¿Divorcio? Ja. Dudaba que Irene pudiera siquiera pronunciar la palabra sin temblar. ¿No era obvio que sus patéticos intentos de interferir entre ella y Romeo solo causaban más problemas?
Cuando Romeo regresó al comedor, encontró la silla de Irene vacía. Los platos apenas tocados eran un testimonio silencioso de otra cena fracasada. Sus labios se tensaron al reconocer que había perdido el apetito. Quizás se había acostumbrado demasiado a la sazón de su esposa.
-Recoge todo ordenó a María Jesús.
La mujer asintió mientras apilaba los platos.
-Señor, esta noche me retiro temprano -informó. Regresaré mañana para preparar el desayuno. Si gusta algo en especial, puede avisarme con tiempo.
-No es necesario. Que la señora se encargue -Romeo detestaba la presencia constante del
servicio en su casa.
-La señora dijo que no lo haría.
María Jesús recordó cómo había consultado específicamente con Irene sobre el desayuno, temiendo interrumpir la intimidad matutina de la pareja. La respuesta de Irene había sido contundente: “No lo haré.”
Esas tres palabras hicieron que Romeo frunciera el ceño. ¿No lo haría? El desafío implícito en esa simple negativa resonó en su mente como una declaración de guerra.
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