Capítulo 114
La silueta de Romeo se recortaba contra la luz del pasillo: hombros anchos, cintura estrecha, la clase de figura que arrancaba suspiros a su paso. Inés lo seguía como hipnotizada, su corazón latiendo desbocado. Acababa de defenderla frente a los accionistas.
“¿Será que por fin ocupo un lugar especial en su vida?“, se preguntó, mientras una oleada de esperanza borraba cualquier rastro de humillación anterior.
Gabriel abrió la puerta de la oficina. Romeo entró con ese paso firme que lo caracterizaba, se aflojó la corbata con un movimiento brusco y se dejó caer en su silla ejecutiva frente al escritorio.
Con las mejillas sonrojadas y una sonrisa que no podía contener, Inés se apresuró tras él.
-Romeo, sabía que en el fondo tú…
-No es tu culpa -la interrumpió él con tono distante, sin percatarse del brillo en los ojos de ella-. Si no fuera porque quiero darle una lección a Irene para que venga a disculparse contigo, hubiera rechazado tu renuncia de inmediato. Todo este escándalo se pudo haber evitado.
Las palabras cayeron como un balde de agua fría sobre Inés. Su sonrisa se congeló, como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante cruel.
Gabriel, notando el cambio en su expresión, carraspeó incómodo.
-No se preocupe, señora Núñez. Usted y yo somos el brazo derecho y el brazo izquierdo del presidente Castro. Pase lo que pase, él no nos va a dejar solos. No les haga caso a esos accionistas. Si vuelven a molestarla, ignorelos y que traten directamente con él.
En dos años, esos accionistas no habían logrado encontrar fallas en la gestión de Romeo. Sin embargo, no habían dejado de hostigar a Gabriel, quien al principio también había necesitado recurrir a Romeo por ayuda. Con el tiempo, aprendió a dejar que Romeo manejara esas situaciones. Después de todo, ellos eran su gente de confianza, y él siempre los respaldaba.
-¿Brazo derecho y brazo izquierdo? -murmuró Inés, las palabras escapando de sus labios sin pensarlo.
Romeo encendió un cigarrillo. El humo se elevó en espirales perezosas mientras su mirada se posaba en Inés. Había algo en su expresión perdida que le recordó a Irene, específicamente a ese momento frente al hospital, cuando la encontró con esa mirada ausente que le oprimió el pecho de una manera que no entendía.
Se enderezó en su asiento, intentando sacudirse ese recuerdo incómodo.
-Gabriel, comunícate con el mayordomo de la villa. Necesito que contraten una asistente doméstica especializada que se encargue de la comida y las necesidades diarias, tanto mías como de mi esposa.
Apenas terminó de hablar, Romeo se dio cuenta de que quizás estaba tomando demasiado en serio las palabras de Irene. “¿No hice que Enzo contratara al mejor abogado para Daniel,
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incluso estando molesto?“, reflexionó. “Y ahora, sin estar enojado con ella, me preocupo por una asistente doméstica“.
Tal vez, en el fondo, lo único que deseaba era regresar a esa vida tranquila y ordenada de antes. Sí, eso tenía que ser. Una vez que todo estuviera en orden, podría concentrarse completamente en el trabajo. Esta explicación le pareció perfectamente lógica, y sintió cómo la tensión en sus hombros disminuía.
-Como usted diga -Gabriel sacó su celular y comenzó a marcar.
Inés, con el corazón en la garganta, no pudo contenerse.
-¿Entonces no piensan divorciarse?
-¿En qué momento dije que me iba a divorciar? -Romeo aplastó la ceniza en el cenicero con más fuerza de la necesaria. Es ella la que está armando todo este drama. Y esto no tiene nada que ver contigo, mejor concéntrate en tu trabajo.
-¿Por qué te casaste así, tan de repente? -insistió Inés, aferrándose a una última esperanza-. ¿La amas?
¿Amor? Romeo detuvo el movimiento del cigarrillo a medio camino, perdido en sus pensamientos.
Gabriel terminó su llamada y se acercó al escritorio, rompiendo el momento.
-Presidente Castro, ya quedó todo arreglado. ¿Necesita algo más?
Romeo pareció despertar de un trance. Con un gesto brusco de la mano, los despidió.
-Es todo, pueden retirarse.
“No respondió… ¡eso significa que no la ama!“, pensó Inés mientras una sonrisa involuntaria se dibujaba en sus labios. Salió de la oficina con paso más ligero. En su cabeza, las piezas encajaban perfectamente: Romeo protegía a Gabriel porque era su asistente, pero con ella era diferente. Era una mujer. Si la había promovido y defendido, no podía ser solo porque era su subordinada. Tenía que haber algo más.
“Hombres como Romeo no entienden de amor“, se dijo a sí misma. “Mientras no esté enamorado de Irene, todavía tengo una oportunidad“.
En la soledad de su oficina, Romeo se quedó inmóvil, el cigarrillo consumiéndose entre sus dedos. La pregunta de Inés resonaba en su mente como un eco imposible de silenciar. ¿Amor? Por primera vez en mucho tiempo, se encontró sin una respuesta.
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