Al Mal esposo 112

Al Mal esposo 112

Capítulo 112 

Irene se acercó lentamente, como una autómata, y se recostó sobre las piernas de Romeo. Su cuerpo permanecía tenso, cada músculo preparado para una retirada repentina. El silencio entre ellos pesaba como plomo

Cerró los ojos cuando sintió la compresa fría sobre sus párpados hinchados. El contraste térmico fue un alivio inmediato, relajando levemente la tensión acumulada en su rostro. Sus labios, de un rojo intenso por habérselos mordido durante horas, contrastaban con la palidez de su piel. Algunos mechones rebeldes de su cabello negro caían sobre su cuello, tan delicado que parecía tallado en alabastro

Los dedos de Romeo se deslizaron por su mejilla con una suavidad inusual, apartando mechones errantes de cabello. El gesto, tan familiar y a la vez tan extraño ahora, la desconcertó. ¿Por qué no me ataca? ¿Por qué no me lastima como siempre?, se preguntaba Irene, su mente un torbellino de confusión

El silencio de Romeo la inquietaba más que sus usuales comentarios mordaces. Ya había ensayado mentalmente todas sus respuestas a las burlas que esperaba recibir, incluso había practicado cómo le rogaría que la dejara volver. Pero él permanecía callado, como si los últimos meses de caos nunca hubieran existido

Durante el trayecto, mientras el auto devoraba kilómetros de asfalto, había llegado a una conclusión: necesitaban tener una conversación seria si querían mantener aunque fuera la apariencia de una vida normal

Gabriel los dejó en casa y se alejó con el auto. Bajo la compresa fría, los ojos de Irene comenzaban a deshincharse, y sus pensamientos se aclaraban como un cielo después de la 

tormenta

Al entrar en la villa, siguió los pasos de Romeo hasta la sala. El ambiente familiar la golpeó como una ola: cada objeto, cada rincón guardaba memorias de una vida que ahora parecía pertenecer a otra persona. Se detuvieron en medio de la estancia, rodeados por una incomodidad casi palpable

Romeo, siempre más cómodo dando órdenes que iniciando conversaciones, permanecía inmóvil. La tensión crecía entre ellos como una enredadera invisible

Irene alzó la mirada, encontrando su voz en medio del silencio

-Deberíamos contratar una mucama

Romeo giró para mirarla, sus ojos oscuros estudiándola con intensidad mientras ella 

continuaba

-En cualquier momento podría necesitar ir al hospital a ver a Daniel y-Se detuvo un momento, reuniendo valor-. Además, conseguí trabajo. Ya no quiero ser solo un ama de casa. Necesito trabajar

Las palabras flotaron en el aire como una declaración de independencia. Durante dos años 

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había dedicado cada minuto a ser la esposa perfecta que Romeo exigía, sacrificando sus propias ambiciones en el altar de las expectativas ajenas

Romeo se acomodó en el sofá con movimientos estudiados, cruzando las piernas con 

elegancia

-Está bien

La respuesta, tan simple y directa, la desconcertó. Esperaba una batalla, no esta rendición sin condiciones. Romeo la observaba, claramente esperando que mencionara los negocios de su familia o los gastos médicos de Daniel

Pero Irene guardó silencio. Ya había conseguido más de lo que esperaba con la aceptación de Romeo. Los problemas de la familia LlorenteNo podía, no debía permitir que Romeo se involucrara demasiado. Este regreso es temporal, se recordó con firmeza. Ya fuera que Daniel se recuperara o que ella consiguiera el dinero por sus propios medios… 

Romeo percibió la sombra de tristeza que cruzó por su rostro

-Voy a preparar sopa

Se levantó con un movimiento fluido y se dirigió a la cocina. Irene lo siguió con la mirada, atónita. ¿Romeo cocinando? Era como ver a un león intentando tejer

Lo observó quitarse el saco de rayas oscuras y arremangarse la camisa negra con precisión militar. Sus movimientos en la cocina eran torpes, casi cómicos: el agua hirviendo salpicaba el mármol, los fideos se le resbalaban entre los dedos, y las verduras quedaron cortadas de forma irregular. Cuando finalmente añadió todo a la olla, los fideos ya estaban tan cocidos que se deshacían al tocarlos

Por un momento, una dulce ilusión la envolvió como una manta cálida. Eran solo una pareja normal: ella había tenido un mal día, y él, preocupado, le preparaba la cena. La fantasía era tan reconfortante que casi dolía

Se acercó a él, tirando suavemente de su manga como solía hacer antes

-Daniel, él… 

El timbre del celular cortó sus palabras como un cuchillo. La manga de Romeo se deslizó entre sus dedos mientras él se inclinaba para tomar el teléfono

-Inés pronunció él, olvidando instantáneamente la presencia de Irene

Los sollozos de Inés atravesaron el auricular con claridad suficiente para que Irene los escuchara. El rostro de Romeo se transformó, toda su atención enfocada en la voz al otro lado 

de la línea

-¡Voy para allá

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